lunes, 3 de diciembre de 2007

NOTICIA DE LA POESÍA CHIAPANECA RECIENTE: TRAZOS Y BITÁCORA (última de tres partes)



Ignacio Ruiz-Pérez
University of Texas, Arlington

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A partir del año 2000 entran al escenario poético de la entidad escritores nacidos en la década de los 70. Entre los “novísimos” se puede citar a Luis Arturo Guichard (1973), Balam Rodrigo (1974) y Bernardo Farrera Vázquez (1977). ¿Qué distingue a esta oleada de poetas? Posiblemente lo único que los emparienta sea la sana dispersión de tonos y acentos; cuando mucho se puede contemplar el notable alejamiento de la provincia imaginífica y el acercamiento a la experiencia del texto. Es decir, lo que parece predominar es la confirmación del poema como una entidad abierta y la conciencia de que el poema es lenguaje y estructura. Y en esa exploración de posibilidades expresivas encuentran lugar desde los laberintos verbales, el empleo de neologismos y el descentramiento neobarroco, hasta la contemplación amorosa y erótica del otro, y una veta que no dudaría en llamar culturalista.
Este último filón es el que sigue Luis Arturo Guichard al menos hasta Los sonidos verdaderos (2000). Formalmente, Guichard apuesta por el oficio poético no en su vertiente litúrgica, sino en cuanto mester: “Obrero en la fábrica de espejos del discurso / Escudero en el castillo de fuego del poema” (53). A la corrección sintáctica y el equilibrio acentual el poeta añade la presencia de otras voces —diría Antonio Porchia— que habitan la propia voz del poeta: citas, homenajes, alusiones, parodias y pastiches. El poema se convierte, así, en palimpsesto. Las referencias a otras voces en la poesía de Guichard (Alfonso Reyes, José Bergamín, Emilio Prados, José Carlos Becerra) tienen la finalidad, por un lado, de cuestionar la autoridad del texto: ¿Dónde está la voz del poeta en esa marea de voces? ¿o acaso la poesía es “colectiva” y “anónima” como ha advertido explícitamente José Emilio Pacheco? Pero las alusiones tienen asimismo el cometido de realizar un escrutinio de la tradición para fijar una teoría crítica de la lectura, que es a un tiempo una teoría de la escritura: una poética.
La poesía de Balam Rodrigo se aparta de la exploración de territorios discursivos para centrar su mirada en el paisaje, entendido éste como continente verbal y erótico. Uno de los motivos recurrentes en su poesía es el mar, que concentra los principios extático y creador. Frente a ese ámbito informe y acuático el poeta se convierte en deus faber al asumir su facultad nominativa y gnoseológica: la palabra como vía de redención y conocimiento —derrotero que, por cierto, también comparte Gutiérrez Alfonzo. No extraña que en el repertorio lingüístico de Balam Rodrigo predominen vocablos relacionados con el acto de nombrar: lengua, verbo, labios, palabra. Sin embargo, el registro del autor de Hábito lunar (2005) es nómada. No el desplazamiento ni la ruptura de la sintaxis, sino la fusión alquímica del lenguaje y de la lengua: la verba. Cercano a Roberto Rico por afinidades sintácticas y léxicas más que temáticas, la poesía de Balam Rodrigo muestra una particular predilección por arcaísmos —véase sobre todo el uso de pronombres enclíticos—, neologismos, consonancias y eufonías. Junto a esa tentativa por nombrar el entorno y en su afán por conocer —así, sin ambages ni medias tintas— el mundo, el poeta celebra la epifanía de su descubrimiento del cuerpo femenino:


Lleno la tu boca con la lengua
Pájaro sin sombra
Lluvia dormida entre los muslos. (2005, 39)

Bernardo Farrera Vázquez muestra una actitud similar frente al poema. En Los istmos de Eros (2004), el poeta comparte la visión total frente al texto de Balam Rodrigo: su finalidad es el trazo de un retorno nostálgico a la visión demiúrgica del poeta, pero no desde la perspectiva hermética y visionaria —como sucede en las obras de Gustavo Ruiz Pascacio y Marco Fonz—, sino desde la fe en la creación de una erótica verbal. Farrera Vázquez se enlaza con la tradición del canto erótico —véanse el Cantar de los cantares, Piedra de sol de Octavio Paz y Asela de Eraclio Zepeda. Los istmos de Eros es un recorrido imaginario por la geografía de un cuerpo femenino al que contempla —del latín cum-templum: mirada ascendente y sagrada— como signo de una abundancia capaz de iluminar y de encender con su resplandor primigenio el acto creativo: Llevo largas noches descubriendo / el oculto lenguaje bajo la piel de mi mujer” (14). Al nombrar el cuerpo femenino como región salvífica, Farrera Vázquez articula la vuelta nostálgica a la provincia imaginaria del poema. Ese retorno sirve al poeta para confirmar la paradoja de que todo verdadero regreso es necesariamente imaginario porque sólo la invención puede recuperar el estado de gracia original.
Falta aún develar las prácticas discursivas de la generación de los 80. Acometer esta empresa implica acercarse a los espacios de difusión privilegiados por esos escritores, espacios que van desde ediciones de autor, libros en coautoría, fanzines, revistas y suplementos culturales, hasta blogs. Se trataría de un trabajo babélico, estimulante sin duda, pero incierto por la inestabilidad geológica del paisaje y porque es difícil saber quiénes crearán una verdadera obra, es decir, una visión poética. Los jóvenes creadores de poesía en Chiapas son multitud y su principal signo es la diversidad de acentos y tonos, desde la voluntad cultista de Raúl Burgos (1981) y la mirada sombría de Fabián Rivera (1984), hasta la irreverencia lúdica de Fernando Trejo (1985), por mencionar tan sólo tres nombres. Aun cuando los resultados sean imprecisos y dudosos, el hecho de que estos autores asuman una postura indagatoria e inquisitiva entraña en sí una saludable muestra de conciencia crítica frente al idioma y al poema. Esa es la seña de identidad recurrente en la poesía última de Chiapas: la crítica como baza y apertura a otras experiencias de lenguaje. La última palabra, a fin de cuentas, la tendrán siempre el tiempo y la constancia.

Bibliografía

Bartolomé, Efraín. Oficio: Arder (1982-1987). México: UNAM, 1999.

Cancino Casahonda, Enoch. Canto a Chiapas. Introd. Héctor Cortés Mandujano. Tuxtla Gutiérrez: Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Chiapas, 1999.

Darío, Rubén. Poesías completas. Ed., introd. y notas de Alfonso Méndez Plancarte. Madrid: Aguilar, 1968.

Farrera Vázquez, Bernardo. Los istmos de Eros. Oaxaca: Universidad Autónoma Benito Juárez, 2004.

Gutiérrez Alfonzo, Carlos. Vitral el alba. México: Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas / Juan Pablos, 2000.

Hidalgo, Eduardo. Eco negro. Tuxtla Gutiérrez: Gobierno del Estado de Chiapas, 2002.
---. Viene de antes. Tuxtla Gutiérrez: Gobierno del Estado de Chiapas, 2006.

Le Corre, Hervé. Poesía hispanoamericana postmodernista: historia, teoría, prácticas. Madrid: Gredos, 2001.

López Velarde, Ramón. Obras. Ed. José Luis Martínez. México: Fondo de Cultura Económica, 1971.

Morales Bermúdez, Jesús. Aproximaciones a la poesía y la narrativa de Chiapas. Tuxtla Gutiérrez: Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas, 1997.

Rodrigo, Balam. Hábito lunar. México: Praxis, 2005.
---. Poemas de mar amaranto. Tuxtla Gutiérrez: Gobierno del Estado de Chiapas, 2006.

Rico, Roberto. La escenográfica virtud del sepia. México: Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas / Juan Pablos, 2000.

Ruiz Pascacio, Gustavo. El equilibrista y otros actos de fe. México: Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas / Juan Pablos, 2000.
---. El amplio broquel de la melancolía. Tuxtla Gutiérrez: Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Chiapas, 2001.
---. “La poesía finisecular en Chiapas: entre la incertidumbre y el retorno”. Prometeo Digital (2005). Consultado 3 de junio de 2006. http://www.prometeodigital.org/FD_LISTATOTAL.htm

Santos, Uberto. Arpa vegetal. Tuxtla Gutiérrez: Gobierno del Estado de Chiapas, 2004.

1 comentario:

Bautista dijo...

Yo no estoy de acuerdo con lo de el mundo y todo eso, pero respeto mucho lo que hace Nacho.

Un saludo a ambos.

A ver si te pasas por mi nuevo blog: La vida de los otros (http://mabv.blogspot.com)