martes, 22 de julio de 2008

Ensoñación del oriundo



Un hijo.

Un hijo que no vele sombras bajo mi puño.

Que no tenga necesariamente razones

para estrenar el día.

Un hijo que suene mortal como aguacero.

Que crezca fogata, alerta y que me queme.

Un hijo que recorra las horas del hemisferio.

Que cierre la ventana

y abra el café con toda su verdad.

Que pase junto a mí

tan sólo para saber de su destino.

Un hijo que me busque a las diez

para contarme cómo es la lluvia

desde su atalaya.


Gustavo Ruiz Pascacio (de Escenarios y destinos, CONECULTA, 2008)

3 comentarios:

Anónimo dijo...

jajajajajá

Fernando Trejo dijo...

qué bonito poema, porqué se ríen... pinches anónimos imbéciles.

Mario Alberto Bautista dijo...

Ah, los ímpetus de la juventud.

Un saludo.

Y el poema no es malo, por cierto.